—¡Maldita mocosa, sal ahora mismo! —la casera irrumpió furiosa en el cuarto de Lola.
Al verla entrar sin permiso, Lola se puso pálida:
—¡Señora, cómo se atreve a entrar a mi cuarto sin avisar? Usted… ¡ah!
No alcanzó a terminar la frase cuando la casera le soltó una bofetada.
—¡¿Cómo se atreve a golpearme?! —Lola estaba desencajada.
En la universidad la trataban como reina; era la primera vez que alguien la abofeteaba.
—¿Y por qué no? ¿Sabes el lío en el que me metiste? Desde antes sabías que tu prima era una heredera y aun así te dedicaste a difamarla en el vecindario. Por tu culpa me enfrenté a ella. ¡Qué corazón tan podrido tienes!
Lola, intentando recomponerse, replicó:
—¿Y quién puede probar que fui yo? No me cargues la culpa sin pruebas.
—Tú lo sabes mejor que nadie. He visto muchas como tú, llenas de envidia por la riqueza ajena. Pero no pensé que usaras mi cabeza para tu jugada: querías que yo me peleara con la señorita Valdés mientras tú quedabas como la buena. ¡Qué bonita form