Para no olvidarse, incluso se tomó la molestia de escribir las recetas en una libreta.
Esas mismas que Sofía había tirado a la basura días atrás, pero que Luisa rescató a escondidas.
—¿Qué tal? ¿Está rico? —preguntó Lola, segura de que su sazón no podía ser peor que la de Sofía .
Creía que esta vez lograría conquistar el paladar de Alejandro. Pero él dejó los palillos sobre la mesa y, con voz helada, dijo:
—Levanta tus platos y sal de aquí.
Lola se quedó pasmada.
—¿Señor Rivera… no le gustó?
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