No. No podía quedarse de brazos cruzados.
No iba a permitir que Sofía le arrebatara así, tan fácil, a Alejandro.
Con ese pensamiento ardiente en la cabeza, Mariana sacó su teléfono y marcó un número que conocía demasiado bien.
—¿Hola? Necesito que regreses al país. Tengo algo que quiero que hagas por mí.
Al caer la tarde, Alejandro ya había regresado a la casa Rivera.
Solo una lámpara estaba encendida en la sala. Desde el piso de arriba se escuchaban ruidos de muebles arrastrándose.
Frunció el c