El umbral del Hotel Aurelius era un portal hacia un mundo de terciopelo y susurros calculados. Krista, con Maximiliano de la mano, cruzó la entrada como una aparición esculpida en la incertidumbre. Su vestido azul rey, un lienzo de satín líquido, absorbía la luz cálida de los candelabros, devolviéndola en destellos que atrapaban miradas furtivas. Maximiliano, con sus pequeños zapatos lustrados resonando en el mármol, irradiaba una curiosidad infantil que contrastaba con la tensión palpable en e