El aroma del café recién hecho llenaba la cocina mientras Krista picaba con esmero y dedicación frutas para el cereal de Maximiliano. El niño, con el cabello despeinado y una sonrisa somnolienta, se sentó frente a ella en la pequeña mesa del comedor.
—Gracias, Kris —dijo, removiendo su cereal con entusiasmo.—. Ayer te esperé un largo rato, pero la nana Nicola me dijo que debía dormir temprano para amanecer fresco como lechuga el día de hoy.
Krista le sonrió. Era el niño más dulce, sin duda, no