Capítulo 33. Olor a celos
—Vaya, no pensé que aún conservaras ese llavero de plata, Ava.
La voz resonó en el vestíbulo de la oficina, deteniendo en seco los pasos de Avery. Alzó la mirada y encontró a Julian de pie allí, con un traje gris perfectamente entallado. Su rostro lucía más fresco después de haber resuelto asuntos importantes fuera de la ciudad durante varios días.
Julian nunca cambiaba.
—¡Julian! Has vuelto —exclamó Avery, y por primera vez ese día, su sonrisa floreció con total sinceridad.
—Extrañaba el café