Capítulo 4. El despertar del fugitivo
—Mamá, si me escapo de la escuela, ¿mamá también me buscaría?Avery se detuvo frente a la puerta de la cocina.El pequeño sentado a la mesa del comedor la miraba con unos ojos grises demasiado agudos para un niño de cinco años.—Claro que sí, cariño —dijo Avery, forzando una sonrisa.Leo inclinó la cabeza.—¿Aunque me vaya muy lejos?Avery se acercó. Se arrodilló frente a la pequeña silla y observó el rostro de su hijo con intensidad.—Sobre todo si te vas muy lejos. Mamá siempre se preocuparía.Leo pareció satisfecho con la respuesta. Volvió a dibujar en el papel con su crayón azul.Avery observó el rostro de su hijo. Cabello negro azabache, una pequeña mandíbula firme y aquellos ojos grises que se volvían fríos cuando estaba pensando.Cada vez que Leo miraba así, directamente, el corazón de Avery siempre latía de una forma extraña. Porque sabía exactamente de quién provenían esos ojos.Avery exhaló lentamente. Ya habían pasado seis años desde aquella noche en el puerto.Esta pequeña
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