—Tío, ¿por qué tus ojos se parecen a los míos?Aquella pregunta inocente salió de los labios de Leo, clara y ligera. El niño, vestido con su uniforme azul y blanco, permanecía erguido mientras alzaba la mirada hacia el alto hombre frente a él, con una curiosidad inmensa.Dominic Moretti sintió que todo su cuerpo se congelaba. La brisa fresca de la tarde que soplaba en el patio de la escuela no logró aliviar el calor repentino que estalló en su pecho. Se agachó, bajando su imponente estatura hasta quedar a la altura del niño. Su mano, acostumbrada a dirigir a miles de empleados, se alzó ligeramente temblorosa, casi rozando aquel pequeño hombro.—Quizá… solo sea una coincidencia, hijo —respondió con una suavidad mayor de la que pretendía.—Pero mamá siempre dice que los ojos son la ventana del corazón. —Leo inclinó la cabeza, cada vez más confundido—. Entonces… ¿nuestras ventanas vienen de la misma casa?Dominic no pudo responder. Algo se le atoró en la garganta, una mezcla de esperanza
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