—¿Tengo que aceptar tus disculpas? —miré a los ojos de Diego, con voz baja pero lo suficientemente dura como para hacerlo estremecer.
El patio fuera de mi dormitorio, normalmente lleno de las voces de jóvenes lobos, se había quedado inquietantemente silencioso. La tensión entre nosotros había atraído miradas curiosas. No podían entender nuestras palabras, pero el peso de la situación era palpable. Algo se estaba rompiendo.
Odiaba la idea de estar en exhibición, pero no había forma de esconder es