Christopher
Escucho el murmullo suave de la plática dentro de la casa y, segundos después, una risa contenida.
Respiro hondo. Bien. Al menos ya están hablando.
Estoy sentado en el escalón del porche, con los hombros rígidos y la vista fija en el jardín. A mi espalda, la puerta sigue cerrada. A unos metros, el conductor aguarda en el auto con las luces apagadas, esperando la señal para llevarnos al hotel.
Pero esta conversación se va a extender. Y no pienso dejar a Alana sola. Ni un solo segundo