Christopher
Me arremango la camisa negra hasta los codos mientras observo la fachada desgastada de la casa.
La calle está en absoluta calma, envuelta en esa penumbra densa y sofocante que solo pertenece a las tres de la mañana. Sé muy bien que para un par de contratistas de inteligencia, una llamada a la puerta a estas horas de la madrugada jamás presagia nada bueno.
Doy tres golpes secos y firmes sobre la madera de la puerta principal. Ninguna reja nos separa; solo unos cuantos centímetros de