Christopher
Alana tiene la mirada perdida en un punto fijo de la madera de la barra, sosteniendo una taza de té entre las manos solo para intentar aplacar el temblor de sus dedos. Ha perdido por completo el color; su piel tiene una palidez traslúcida que me revuelve el estómago. A unos metros, Derek se muestra inusualmente agitado. Sentado en una de las banquetas, repiquetea el pie contra el suelo con un ritmo neurótico. Los tres nos quedamos en un silencio denso, esperando a que el impacto ini