Alana.
Mis ojos se abren de golpe. Parpadeo, con el corazón dándome un vuelco tan violento que puedo jurar que se me ha movido de lugar.
Alexandra.
Su figura pálida y raquítica me observa desde el reflejo con una mirada vacía que me corta la circulación. Las voces en mi cabeza se amontonan en una condena aplastante: «Cada vez está más cerca, Alana... no podrás aguantar esto».
Me doy la vuelta de golpe para enfrentarla, pero detrás de mí no hay nadie. El cubículo está vacío. Siento que me estoy