Christopher.
El trayecto de regreso a la mansión se me hace eterno, pero el silencio del auto me ayuda a apagar el ruido de mi cabeza. Cuando por fin cruzo el umbral, me quito el reloj y desabrocho los primeros botones de mi camisa, buscando aire. El piso de abajo está sumido en una tranquilidad inusual; demasiada calma para no ser ni siquiera las nueve de la noche.
Marie aparece desde la cocina con una expresión de absoluta serenidad y me saluda con un leve asentimiento.
—Christopher, ¿gustas