Alana.
Derek parece haber envejecido diez años en una noche y yo, honestamente, no me veo mejor. El brillo del anillo en mi dedo es un recordatorio constante de la boca de lobo en la que me he metido. Aunque quiero proteger a las niñas, me cuesta aceptar este acto de caridad; ya cargo con demasiados secretos como para sumarles un matrimonio falso con un hombre como él.
—Bien —anuncia Derek, dejando caer un fajo de papeles sobre el cristal de la mesa con un golpe seco—. Aquí están las cláusulas