—¿Vas a decirme a dónde vamos?
—No.
Acabamos de dejar a Paloma en casa de sus abuelos.
Luego de nuestra conversación, Paloma salió un poco de su estado. Román se avocó a ella y la gran recompensa es ver la sonrisa y escuchar la risa de su hija.
Lo miro.
—A ver, es obvio que vamos a tomar un avión, vi los tiquetes.
—Aja.
Niego con exasperación y él sonríe.
—Eres muy curiosa, cariño.
Pongo los ojos en blanco.
—Lo soy, pero es tu culpa —cuchicheo.
Me reclino en el asiento del todoterreno de Román