—¿Acaso te acostaste con otra mujer?
A Leonardo se le resbaló la taza y el café caliente se derramó en la mesa. Maldijo entre dientes y Alessa dio un saltito asustada por el espectáculo.
—¡Carajo! —siseó Leo chupándose el costado del pulgar. Sí, el café estaba muy caliente y la mínima gota le quemó la piel. Se sacudió con una mueca—. Agh, arde.
Los ojos agudos de la pelirroja persiguen sus movimientos, aunque es ella quien busca una servilleta y limpia el desastre líquido en el mármol. A Leo le