Regresó tarde esa noche, oliendo a whisky y playa. No encontró un cuerpecito pálido en su cama, enredado en las sábanas. No había una cascada de cabello rojo extendiéndose por las almohadas. No. Leonargo, con pasos tambaleantes, fue a comprobar que Alessa se había refugiado en la cama de una habitación de huéspedes.
Leo suspiró, medio sedado por los efectos del alcohol. Se acercó a ella de la manera que no hizo esa misma tarde, cuando la vio tan preocupada y tensa a centímentros de él y la verd