—No digas cosas de las que te vas a arrepentir mañana, querida niña —advirtió Leonardo severo, jugando con el dobladillo de su vestido corto y ya arrugado por el buen maltrato que le dio mientras la reclamaba.
Alessa lo miró, atrapada entre la sospecha y la comodidad. ¿Cómo era posible que pudiera desconfiar y confiar al mismo tiempo en una persona de esa forma? Le preocupó estar perdiendo la perspectiva de la situación por culpa de sus sentimientos bizarros.
—Es la verdad, lo que dije de que