Alessa negó despacio con la cabeza, sus pestañas revoloteando mientras el hombre mayor ladeó la cabeza a milímetros de la de ella. Un resplandor peligroso lo envolvió.
—Te robó de mí, porque es un hijo de perra envidioso y lo conozco a la perfección. No podría ignorarte y eso me enferma.
Alessa lo consideró unos segundos, silenciosamente complacida. Alzó las cejas.
—Tú me espiaste.
La sentencia zanjó una duda mínima y él al menos pareció un poco avergonzado.
—Me preocupaba tu bienestar, Alessa