La voz robótica de Dan hizo eco en la mansión cuando le dijo que el señor Gold exigía que volviera al taller.
Lo ignoró.
Cuando corrió hacia la entrada, la figura fuerte del jefe Reynolds se materializó junto al auto donde siempre la traía y la llevaba.
—¿Señorita Sinclair?
—Sácame de aquí.
El ceño fruncido del hombre mayor la juzgó mientras ella abría la puerta trasera del carro por su cuenta.
—Tengo órdenes estrictas del señor Gold —aseveró estoico.
—Y yo soy una niña desamparada, sin fama, si