Leonardo estaba a segundos de explosionar.
Pasándose la mano por la mandíbula, él siguió escuchando las palabras de los miembros de la Junta Directiva. Su cabeza realmente ya pesaba con tanta información recibida y le empezaba a causar dolor. Suspiró, mentalmente agobiado. Quería volver a casa y olvidarlo todo con su querida esposa, pero no tenía otra opción que soportar las reprimendas de sus socios y, para varias, del imbécil de Le Roux, que solo había venido a meterle cucacharas en la cabeza