Las manos ásperas de Leonardo subieron y bajaron, de manera sensual, por las piernas desnudas de la pelirroja que comía a besos y tenía recostada en un sillón del living de la mansión. Alessa lo tentaba demasiado teniendo no más que una bata de tela un poco transparente, la cual no le dejaba nada a la imaginación, ni siquiera ocultaba la tensa sensibilidad de sus senos turgentes.
Sus sonidos no cesaron. Diez minutos llevaban sumidos en esa sesión de besos y caricias lánguidos, de los cuales cin