El rostro de Alessa se puso tan rojo, tan carmesí, como su melena larga y una chispa de ira salvaje iluminó su semblante.
—¿De qué carajos está hablando ella? —exigió saber la pelirroja, al borde del asiento, los puños apretados y la quijada floja.
—Pues estoy hablando de una realidad, Sinclair —reviró Sophia muy astuta, reutilizando la misma carta que Alessa le había aventado en la cara—. ¿Qué no se nota? ¿O es que aparte de imprudente, eres sorda?
—Graciosita —siseó la pelirroja, chasqueando