Snow recuperó el conocimiento con un ardor que le recorría toda la espalda. Emmanuel estaba sentado junto a su cama, con la medicina preparada. Al verla abrir los ojos, la ayudó a incorporarse.
—¡Por fin despiertas, señorita Snow! —exclamó mientras le entregaba la medicina. Suspiró, preocupado, antes de continuar—: ¿Por qué dejas que el enojo te lleve a enfrentarte con su majestad? Llevo muchos años a su servicio y nunca lo había visto esperar casi un día entero fuera del cuarto de alguien a quien había mandado azotar.
Snow recibió la medicina y se la tomó. Sintió el sabor amargo del líquido al tragarlo, pero ni siquiera aquella amargura podía compararse con la que llevaba dentro desde hacía tanto tiempo.
—Le está dando demasiada importancia, señor Jefferson —murmuró sin mirarlo—. No fue el enojo lo que me hizo enfrentarme a su majestad.
Emmanuel negó con la cabeza.
—Si me permites hablar con franqueza… Su majestad es duro contigo, pero, después de castigarte, siempre… —empezó a decir, aunque dejó la frase sin terminar. Tras una pausa, continuó—: Tu padre apoyó al príncipe equivocado y, por desgracia, te tocó sufrir las consecuencias. Cuando la señora Verde se case con su majestad, solo tendrás que hacer lo que ellos quieran. Verás que así te irá mucho mejor.
Snow no respondió. Metió una mano debajo de la almohada y sacó una pequeña bolsa de dinero, que dejó en las manos de Emmanuel.
—Gracias por haberme cuidado todo este tiempo, señor Jefferson —le dijo mientras él miraba la bolsa, sorprendido.
Emmanuel sopesó la bolsa en la palma de la mano y levantó la vista hacia ella.
—Señorita Snow, ¿qué significa esto? —preguntó sin ocultar su desconcierto.
—Solo es una forma de darle las gracias. Por favor, acéptela —insistió Snow, con una mueca de dolor.
Emmanuel seguía sintiendo que algo no estaba bien. Dudó unos segundos, pero al final aceptó la bolsa.
Aquella noche, Aleron la mandó llamar a su dormitorio sin previo aviso. Snow se quedó de pie frente a la cama.
—Majestad, todavía no me he recuperado. Mis heridas no tienen buen aspecto… —murmuró con la voz temblorosa.
—Desnúdate —la interrumpió Aleron con frialdad.
Tenía el rostro serio y Snow no supo qué estaba pensando. Bajó la mirada y apretó los labios. Al día siguiente se marcharía. No quería pasar otra noche de sufrimiento antes de irse, pero tenía miedo de que una negativa arruinara el plan que llevaba tanto tiempo preparando.
Se quitó la ropa con las manos temblorosas, como un soldado que iba al campo de batalla resignado a lo que le esperaba. Entonces se escucharon pasos apresurados al otro lado de la puerta.
—¡Majestad, hay una urgencia! —anunció un guardia al entrar a toda prisa, con expresión alarmada—. La señora Verde fue envenenada. El médico real dice que solo podrá salvarla el antídoto más raro que guardan en la farmacia real. Si no se lo dan, podría morir.
Aleron se levantó de inmediato. Por primera vez, el pánico se le notó en la cara. Miró por instinto las heridas que cubrían la espalda de Snow y volvió a endurecer la expresión.
—Vuelve a tu cuarto y descansa —le ordenó—. Ven mañana por la noche.
—Como ordene, majestad —respondió Snow con una reverencia.
Al salir, sintió un alivio inmenso. A la noche siguiente ya no estaría en el palacio. No tendría que volver.
De regreso en su cuarto, guardó solo las cosas que necesitaba. Cuando apenas empezaba a amanecer, escuchó un golpe suave en la ventana.
—Es hora de irnos —le avisó Ciaran en voz baja desde afuera.
Snow se puso una túnica sencilla de tela áspera y abrió la ventana. Ciaran entró con facilidad y le entregó una máscara.
—Póntela —le indicó mientras se la dejaba en las manos.
Al ajustársela al rostro, su apariencia cambió por completo. Ahora parecía una mujer común, una más entre tantas.
—Agárrate bien —le susurró Ciaran mientras le rodeaba la cintura con un brazo.
Ciaran la sostuvo contra él y se movió como una sombra en la oscuridad. Sin dejar de cargarla, la llevó fuera del palacio que la había mantenido prisionera durante tres largos años.
A sus espaldas, las llamas empezaron a salir del cuarto de Snow. Dentro quedó el cadáver de una mujer cuyo cuerpo se parecía lo suficiente al de Snow para engañar a quienes fueran a buscarla.
El fuego iluminó una parte del cielo al amanecer. Snow miró por última vez el palacio donde había pasado tres años encerrada. Mantuvo la vista allí unos segundos más, antes de voltearse y desaparecer entre la niebla de la mañana.
A partir de aquel día, en el palacio solo quedaría el recuerdo de Snow, como si nunca hubiera existido allí.