Capítulo 6
Durante los días siguientes, Aleron fue al cuarto de Snow cada mañana para revisar sus heridas. Comprobaba por sí mismo que seguía respirando, que aún estaba viva, y se marchaba sin dedicarle una palabra de consuelo ni preguntarle cómo se sentía.

Una tarde, Verde apareció sin avisar.

—¿Ya te sientes mejor, Snow? —preguntó mientras se acercaba a la cama con una sonrisa casi cariñosa. Le ofreció una mano para ayudarla a incorporarse y añadió—: Le pedí permiso a su majestad para venir a verte.

Snow miró la mano que le tendía, sin dejar de desconfiar de su hermana.

—¿Qué es lo que quieres en realidad? —le preguntó.

—¿Cómo puedes hablarme así? —le reprochó Verde, con los ojos llenos de lágrimas—. Es normal que me preocupe por mi propia hermana.

Aleron apareció en ese momento. Casi como si lo hubiera estado esperando, Verde se dejó caer al suelo y alzó hacia él el rostro bañado en lágrimas.

—¡Majestad, desapareció el regalo que me dio! —exclamó con la voz quebrada—. ¡El que me entregó cuando me prometió que algún día sería su esposa!

Snow sintió un nudo en la garganta.

—¿Qué pasó? —preguntó Aleron mientras fruncía el ceño.

—Hoy no he visto a nadie más que a Snow —respondió Verde antes de mirarla. La acusación no podía ser más clara—. Tuvo que ser ella. Nadie más habría tenido la oportunidad de llevárselo.

—Yo no lo tomé —se defendió Snow, alarmada.

Su defensa no le sirvió de nada. Unos momentos después, los sirvientes regresaron con el regalo de compromiso. Lo habían encontrado debajo de la almohada de Snow, hecho pedazos.

—¡¿Cómo pudiste hacerme esto, Snow?! —le reclamó Verde mientras las lágrimas le corrían por las mejillas—. ¡Sabes lo importante que es para mí! ¿Tanta envidia te da que su majestad y yo hayamos estado comprometidos? ¿Por eso lo rompiste?

Aleron miró a una y luego a la otra. Al final, fijó los ojos en Snow.

—¿Lo hiciste tú? —preguntó sin apartar la vista de ella.

Snow hizo una reverencia antes de contestar. Aunque sabía lo poco que valían sus palabras allí, se esforzó por mantener la calma.

—Sé cuál es mi lugar, majestad. Nunca he deseado lo que no me corresponde —respondió—. Le ruego que investigue lo ocurrido antes de juzgarme.

Por un instante, algo cambió en el rostro de Aleron. Snow no supo qué significaba aquella expresión, pero parecía a punto de decir algo. Antes de que hablara, los dos sirvientes se adelantaron.

—Yo vi a la señorita Snow romperlo —aseguró uno de ellos.

—También dijo que deseaba que la señora Verde muriera —añadió el otro.

El rostro de Aleron se endureció al escuchar esas últimas palabras.

—¿A esto te refieres con que nunca has deseado lo que no te corresponde? —le reprochó—. ¿Tan bien te he tratado que ya olvidaste cuál es tu lugar? —Miró a los sirvientes—. ¡Llévensela y azótenla! —ordenó.

La ataron a un poste y empezaron a darle latigazos. El dolor no tardó en nublarle la vista, pero Snow se negó a darles el gusto de oírla llorar. Se mordió el labio con tanta fuerza que estuvo a punto de hacerse sangre y soportó cada golpe en silencio.

Con cada latigazo, Snow oía la voz fría de Aleron a cierta distancia.

—Pídele perdón —exigía sin mostrar compasión.

—No lo haré —respondía Snow, sin levantar la voz.

Su negativa hizo que el rey frunciera aún más el ceño. Al final, les dio la espalda.

—¡Sigan azotándola hasta que pida perdón! —ordenó antes de apartarse.

Después de veinte latigazos, Snow tenía la espalda cubierta de marcas hinchadas y manchas de sangre. Verde se acercó y se inclinó hacia ella para que nadie más escuchara sus palabras.

—¿Ahora lo ves? —le susurró con desprecio—. Aunque esté casada con otro, él solo se preocupa por mí. ¿Por qué crees que se ha negado a casarse durante todos estos años? ¿Por qué crees que se empeñó en acabar con la vida de tu hijo? Aunque se acueste contigo, solo lo hace porque te pareces a mí. —La miró con una sonrisa de burla antes de añadir—: Si vuelves a soñar con lo que no te pertenece, me encargaré de que tengas un final terrible.

A Snow le costaba pensar con claridad por el dolor. Pero no sintió rabia. Una leve sonrisa apareció en sus labios. Verde ni siquiera tendría que molestarse en cumplir su amenaza. No tendría que hacer nada.

Pronto se marcharía. Y, cuando lo hiciera, desaparecería sin dejar un solo rastro.

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