Snow se quedó sin palabras. Aleron seguía enamorado de Verde. Habían pasado tres años y aún no la había convertido en su esposa. Entonces, ¿por qué se empeñaba en mantener a Snow encerrada en el palacio?
Bajó la cabeza antes de responderle, sin atreverse a sostenerle la mirada.
—No me atrevería a hacer algo así —murmuró.
Aleron frunció el ceño al verla tan pálida y débil.
—Ya te recuperaste, así que a partir de hoy te quedarás a mi lado para atenderme —ordenó sin dejar de observarla.
Desde entonces, a Aleron no parecía gustarle nada de lo que le servían. Por mucho que los cocineros del palacio se esmeraran en preparar platos nutritivos, apenas probaba un bocado antes de apartarlos y empujarlos hacia Snow.
—Está horrible. Cómetelo tú —le ordenaba mientras dejaba el plato frente a ella.
Snow tenía que aceptar la comida y comer bajo su mirada, sin poder negarse. Con el paso de los días, casi sin darse cuenta, empezó a recuperar las fuerzas.
***
En una de las cacerías reales, Aleron insistió en que Snow lo acompañara.
Al llegar al terreno de caza, vieron a Verde, que cabalgaba al lado de William. Aleron se puso serio y, antes de que Snow pudiera reaccionar, la sujetó y la subió a su caballo de un tirón.
—¡Ah! —exclamó ella, incapaz de contener el susto.
—¡Cállate! —la reprendió Aleron, con un brazo firme alrededor de su cintura. La miró desde arriba con fastidio y añadió—: ¿No eres hermana de Verde? Ella no se asusta por cualquier cosa. Si vuelves a gritar, te tiro del caballo y dejo que los demás te pisoteen.
Snow apretó los labios y cerró los ojos. No quería mirar lo alto que estaba ni pensar en el peligro que corría durante la cabalgata. Aleron resopló con desdén y volvió a prestar atención a la cacería. No tardó en reunir una buena cantidad de presas.
De entre los árboles salió un grupo numeroso de hombres vestidos de negro.
—¡Protejan a su majestad! —gritó uno de los guardias.
Los guardias reales desenvainaron las espadas y rodearon a Aleron. En medio del caos, Snow y Verde quedaron separadas de los demás y los atacantes las capturaron.
Cuando Snow recuperó el conocimiento, estaba suspendida junto a un precipicio. Un bandido mantenía su arma cerca de ella y de Verde. Su risa estaba cargada de rabia.
—¡Aleron, destruiste a mi familia! —le gritó—. ¡Hoy voy a quitarte a las dos mujeres que más te importan!
Aleron lo miró con frialdad. Para sorpresa del bandido, empezó a reírse.
—¿Las dos mujeres que más me importan? —repitió con burla antes de señalar a Verde con la mirada—. Ella ya es la esposa de otro. No me interesa una mujer que le pertenece a otro hombre. En cambio, Snow es mía desde el día en que entró en el palacio. Devuélvemela y haz lo que quieras con Verde.
Snow abrió los ojos de par en par. Aquel hombre estaba dispuesto a descargar todo su odio contra ellas y, aun así, Aleron la había elegido a ella.
Entonces creyó entenderlo: no había renunciado a Verde. Con aquella mentira desviaba la furia del bandido hacia Snow y protegía a la mujer que amaba.
Tal como ella esperaba, el hombre echó la cabeza hacia atrás y se rio.
—¡Muy bien! —exclamó mientras miraba al rey—. ¡Moriré con esta mujer y dejaré que sufras el resto de tu vida!
Apenas terminó de hablar, dejó libre a Verde y se lanzó al precipicio con Snow.
Durante la caída, a Snow le pareció ver una angustia terrible en los ojos de Aleron. Él movía los labios como si la estuviera llamando, pero ella no pudo escuchar sus palabras.
Solo tuvo tiempo de prepararse para el impacto. Estaba segura de que, después de aquella caída, no le quedaría un solo hueso entero. El frío la invadió y el dolor se extendió por todo su cuerpo. Se hundió en el agua sin poder hacer nada, rodeada de una oscuridad que parecía no tener fin.
—¡Por fin despiertas, señorita Snow! —exclamó una voz aguda junto a ella.
Snow abrió los ojos con esfuerzo. Le costó enfocar la vista, pero logró distinguir el rostro surcado de arrugas de Emmanuel, que se había inclinado hacia ella.
—Si hubieras tardado un poco más, su majestad podría haber mandado castigar a todos los médicos reales del reino —le explicó él mientras se secaba el sudor de la frente—. Ordenó que los sirvientes te buscaran durante todo el día y toda la noche. Después de buscarte por todas partes, por fin te encontraron río abajo…
Snow lo miró sin poder creerlo.
«¿Su majestad? ¿Está hablando de Aleron?», se preguntó.
Él mismo la había llevado al borde de la muerte. ¿Por qué se habría tomado tantas molestias para encontrarla?
La puerta se abrió. Aleron entró y se acercó a ella. La miró desde arriba con aquella expresión fría que Snow conocía tan bien y que nunca sabía cómo interpretar.
—Qué suerte que no hayas muerto —comentó con una sonrisa despectiva—. Todavía no he terminado de atormentarte.
Snow bajó la cabeza. Ahora lo entendía. La había rescatado para poder seguir haciéndola sufrir.
—Entiendo —susurró.