El rugido del motor deportivo de Veronika Dubrovskaya rompía el silencio de la mañana mientras atravesaba las calles con un frenesí casi palpable. Sus manos apretaban con fuerza el volante, los nudillos pálidos, el pulso acelerado y los ojos llenos de una desesperación que comenzaba a rozar la locura.
Habían pasado semanas desde que Mikhail Baranov cortó todo lazo con ella, sin darle explicación ni oportunidad de acercarse. Lo último que Veronika recordaba era la frialdad en sus palabras, tan cortantes como un filo de acero: "Esto termina aquí, Veronika." Desde entonces, su vida había sido un torbellino de frustración y obsesión.
Pero lo que la había empujado al límite no era solo el silencio de Mikhail, sino el informe que había llegado a sus oídos: Alexandra Morgan. Un nombre que ardía en su mente con un veneno imposible de contener. Sabía que esa mujer estaba cerca de Mikhail, que aparecía a su lado en lugares donde Veronika antes había sido bienvenida. Y, como si fuera una cruel b