—Mira, aquí tienes mi tarjeta. —volvió a extender la mano hacia mí, con una pequeña tarjeta de visita en la mano.
Debía parecer rarísima, como si no estuviera en mis cabales. Aún ahora, mis manos no paraban de juguetear con mi larga melena rubia, intentando asimilar lo que estaba pasando. Decir que estaba agitada por dentro sería quedarse corto.
—¿Al menos puedes enviarme un mensaje cuando llegues a casa?
Se movió para abrir la puerta delantera del pasajero, aparentemente no quería que entrara e