—No porque no merecieras una loba, no porque no quisiera que la tuvieras... sino porque significaba que nunca me dejarías. Mi dulce niña, siempre a mi lado.
—Oh, papá... —Me levanté, rodeé su escritorio y coloqué mi mano en su nuca. Él giró para mirarme, tomó mis manos entre las suyas.
—Por mucho que me duela decirlo... tienes mi bendición para unirte a él.
—Gracias, papá...
***
Nunca pensé que sería capaz de hacer esto.
Nunca pensé que llegaría este día.
La luna estaba en su plenitud, su etérea