Capítulo 5
Antes de que Kenny y Opal pudieran hablar, Sinead se adelantó:

—Nadie. Escuchaste mal.

La pareja la miró sorprendida. Nelson no prestó atención a la expresión de sus padres, sino que tomó a Sinead del brazo y la llevó hacia el auto.

—Aprovechando que estás aquí y terminaron de hablar, acompáñame —le dijo.

El viaje transcurrió en completo silencio hasta que el vehículo se detuvo frente a una tienda departamental de lujo. Nelson le ordenó a las vendedoras que sacaran una enorme cantidad de vestidos, zapatos y bolsos. Luego, le insistió en que se probara todo. Sinead frunció el ceño, desconcertada.

—¿Por qué tengo que hacerlo?

Nelson la empujó hacia el probador.

—¡Solo hazlo! —espetó.

Sinead intentó negarse, pero las empleadas ya habían cerrado la puerta y comenzaban a desempacar las prendas.

Cada vez que salía con un conjunto nuevo, Nelson le tomaba una foto con el teléfono y le pedía regresar al vestidor. La sesión se prolongó durante horas. Sinead terminó agotada, cambiándose decenas de vestidos y probándose tacones altos que terminaron por sacarle dolorosas ampollas en los pies. Al final, no aguantó más. Apartó con firmeza al personal, caminó cojeando hacia Nelson y le dijo en voz baja:

—No tienes que comprarme todo esto para compensar lo que pasó...

—Empaquen todo, excepto ese vestido de noche color vino, y envíenlo a nombre de la señorita Irene Johnson a la villa de Monte Sion —le indicó Nelson a la encargada, interrumpiéndola a mitad de la frase.

Sinead se quedó muda, viéndolo pagar con la tarjeta sin dudar un segundo.

—¿Me hiciste probarme toda esta ropa solo para regalársela a tu novia? —le preguntó con la voz ronca.

Nelson asintió tranquilo, con una leve sonrisa en los labios.

—Claro. Quería regalarle varias cosas, pero no estoy seguro de que sean de su estilo. Ustedes dos usan más o menos la misma talla, así que te las pruebas primero para estar seguro. Después iremos a la pastelería, a la joyería y a las tiendas de cosméticos de arriba para que pruebes todo. Solo quiero lo mejor para Irene.

Al escucharlo planear cada detalle sin consultarle, Sinead ya no pudo reprimir la rabia que había en su corazón.

—¡Nelson Lane! ¡No soy tu maldito juguete! ¡No puedes usarme para complacer a tu novia!

Él jamás la había visto perder los estribos de esa manera. Levantó la mirada desconcertado y descubrió que tenía los ojos enrojecidos por las lágrimas.

—¿En serio crees que te trataba como a un simple amigo? Cuando te abrazo, cuando te beso y cuando me acuesto contigo, ¡lo hago en serio! No tienes que quererme, ¡pero tampoco tienes derecho a pisotearme así! —le reclamó, con la voz quebrada por un sollozo.

Nelson se quedó inmóvil, con una expresión de total desconcierto. Intentó justificarse, pero ella ya se había dado media vuelta. La vio alejarse corriendo entre la gente. Sin embargo, un segundo después volvió a recuperar la compostura.

Al volver a su casa, Sinead sacó su maleta y comenzó a empacar. Mientras lo hacía, también escuchaba a sus padres hablar desde el comedor.

—Me enteré de que Nelson alquiló el Gran Salón Esmeralda por tres días para celebrar el cumpleaños de Irene. Hasta mandó a traer rosas en avión desde Europa. De verdad se está desviviendo por ella.

—Hace unos días la llevó a la casa de la familia para presentarla formalmente con su abuelo. Nelson compró unas piezas de colección carísimas con su propio dinero y le dijo que iban de parte de Irene. El abuelo quedó encantado y se la pasó hablando maravillas de ella.

Cada vez que mencionaban a los Lane, Sinead guardaba silencio. Aunque por momentos sentía una leve molestia en el pecho, el dolor insoportable ya había desaparecido. Se aisló por completo y rechazó cada invitación a eventos o cenas donde pudiera coincidir con Nelson.

En un par de ocasiones, Nelson se emborrachó de madrugada y le envió mensajes pidiéndole que fuera a buscarlo, fingiendo que la relación entre los dos seguía intacta, pero ella nunca fue.

Cuando la gente de su círculo bebía demasiado, a veces sacaban el tema, con curiosidad:

—¿Qué pasó con tu amiga, la que se la pasaba persiguiéndote? No la hemos visto últimamente.

—Solo está haciendo un berrinche —respondía, restándole importancia—. No le hagan caso, ya se le va a pasar.

Pero las semanas siguieron su curso y Sinead seguía sin aparecer. Con el tiempo, dejó de contestar sus llamadas y mensajes. El día previo a su cumpleaños, Nelson perdió la paciencia y le envió una invitación digital para su fiesta. Sinead por fin contestó con apenas dos palabras: “No voy”.

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