Nelson envió tantos mensajes seguidos que terminó despertando a Sinead. Eran decenas preguntándole a qué hora iba a llegar. Al leerlos, todo lo que pudo sentir fue amargura.
“Nelson, ¿en serio no ves lo cruel que eres?”, pensó.
“Hoy no me siento bien. No voy a ir”, escribió con la mano temblorosa y presionó enviar.
Poco después, sus padres tocaron a la puerta de su habitación.
—Sinead, aunque estés enojada con Nelson, no es el momento para eso —dijo Liana—. Vístete rápido y ve a su casa. Él se está tomando muy en serio su cita. Esa chica le gusta desde hace años. Apenas supo que regresó al país, me pidió que los presentara.
—Sí —añadió Jackson—. Como le di clases de piano un tiempo, fui en persona a organizar la reunión. Por lo que sé, Nelson preparó todo al detalle, desde la cena hasta los regalos. Solo quiere que estés ahí para aligerar el ambiente y que ella no se sienta incómoda. Esta vez va en serio. ¿Cómo no vas a ayudarlo si se conocen de toda la vida?
Al ver que ella no pensaba ir, Nelson de verdad se atrevió a llamar a sus padres. Ante la insistencia de ambos, Sinead se tragó las lágrimas, se aseó y bajó las escaleras.
Las dos familias vivían muy cerca. Diez minutos más tarde, ya estaba frente a la puerta de los Lane. Justo antes de tocar el timbre, algo llamó su atención en el basurero que estaba afuera de la entrada. Al acercarse, vio sus pantuflas de conejito. Junto a ellas estaban su taza, su cepillo de dientes, una toalla, su pijama... Todas las cosas que guardaba ahí para cuando se quedaba a dormir.
En ese momento, la empleada abrió la puerta y la miró con pena.
—Señorita Green, el joven tiró todo eso —le explicó.
Sinead se quedó mirando el basurero un rato, sin pronunciar palabra. Ambas familias habían sido cercanas durante generaciones, por lo que ella prácticamente había crecido en esa casa. Pasaba por ahí casi todos los días e incluso se quedaba a dormir con frecuencia. Nelson le había preparado una habitación exclusiva y le había comprado lo necesario, asegurándose de elegir todo con el diseño de los conejitos que tanto le gustaban. Le había dicho que esa también era su casa y que no hacía falta ninguna formalidad entre ellos.
A espaldas de ambas familias, se habían abrazado y besado en la entrada, se habían tomado de la mano por debajo de la mesa del comedor y hasta habían hecho el amor en el estudio. Sin embargo, ahora que Irene había vuelto, a él le aterraba que la chica que le había gustado en secreto durante años malinterpretara las cosas y por eso había tirado a la basura todas sus cosas.
Sinead tardó varios segundos en reaccionar. Apenas entró a la sala, vio a Nelson atendiendo a Irene mientras los dos reían y conversaban. Él estaba sentado en el sofá con un traje de satén hecho a la medida, el cabello bien peinado y un toque sutil de colonia. Era naturalmente atractivo, formal por fuera pero un poco pícaro por dentro.
Mientras estudiaban, Sinead había oído a muchas chicas decir que era tan guapo que luciría bien incluso mal vestido. Decían que el día que se molestara en arreglarse, los galanes de la televisión se quedarían cortos. Pero Nelson siempre había sido atrevido y despreocupado. Por lo general, se ponía una camiseta y no se preocupaba por arreglarse.
Fue doloroso darse cuenta de que sí estaba dispuesto a vestirse para impresionar cuando se trataba de la persona que le gustaba.
El mismo hombre que apenas el día anterior se revolcaba con ella en la cama ahora la trataba como si fuera una desconocida. Le dirigió una sola mirada de reojo y de inmediato volvió toda su atención a Irene.
Nelson nunca dejó de hablar. Saltó de un tema a otro sin perder el ritmo: el clima, el trabajo, marcas de joyería, anécdotas de la infancia y los años escolares. Sinead bajó la vista, burlándose en silencio de sí misma al verlo esforzarse tanto. Conque así de atento podía ser frente a la mujer que de verdad le interesaba.
—Fue una gran coincidencia en la secundaria —comentó Irene entre risas—. Ibas un año arriba de mí y ni siquiera estábamos en el mismo edificio, pero no dejábamos de cruzarnos por los pasillos. De verdad parecía el destino.
Al escucharla recordar el pasado, Sinead notó las orejas rojas de Nelson y sonrió con amargura. ¿El destino? El propio Nelson había provocado cada una de esas coincidencias. Ella solía acompañarlo a todas partes y había visto cómo intentaba de todo para llamar la atención de la chica que le gustaba. Eso siempre le rompía el corazón. Más tarde, cuando Irene se fue al extranjero, creyó que por fin había conseguido lo que tanto anhelaba, pero viendo las cosas ahora, el único que había cumplido su deseo era él.
Mientras Sinead estaba perdida en sus pensamientos, escuchó de repente que la llamaban.
—Oí que en la secundaria te la pasabas todo el tiempo con una chica, que era tu amiga de toda la vida. Es la señorita Green, ¿verdad?
Sinead se tensó por un instante. Al levantar la mirada, se encontró con los ojos curiosos de Irene. Antes de que pudiera contestar, los padres de Nelson, Opal y Kenny Lane, intervinieron sonrientes.
—Son como uña y carne —dijo Kenny—. Esos dos han sido inseparables desde pequeños. Incluso hacíamos bromas con que terminarían casándose cuando fueran grandes...
Nelson frunció el ceño y apretó los labios. A mitad de la frase, los interrumpió de golpe:
—Papá, mamá, ya no bromeen con eso. Sinead no me gusta y nunca me enamoraría de ella.
Sinead bajó la mirada para ocultar la decepción en sus ojos y forzó una sonrisa tranquila.
—Digo lo mismo. Jamás estaría con él.
Ante esa respuesta, Nelson se quedó desconcertado por un segundo antes de volver a la normalidad y rodearle los hombros con el brazo.
—Exacto. Solo somos amigos.
Por un momento, el ambiente en la sala se relajó. Sinead se echó a reír junto a los demás, mientras que Nelson soltaba un suave suspiro de alivio.
—Te salió muy bien. Gracias por evitarme la incomodidad —le susurró al oído.
Ella no respondió, se limitó a dar un par de pasos hacia un lado para poner distancia entre los dos. ¿Evitarle la incomodidad? Para nada. No había dicho nada más que la verdad.