Arrastré a Bastian hasta la cocina. Juro que el hambre se fue por un momento mientras me divertía con mi suegra. Ambos estaban preocupados, ella porque su hijo millonario se la pasaba en la cocina y él, por no tener idea de lo que es cocinar.
—¿Qué ha sido eso, Celeste? —cuestionó—, yo me encogí de hombros. —Me has comprometido en algo que no tiene lógica. Ni siquiera sé qué cantidad de sal se le pone a un huevo. —Se queja y yo muero de risa, ahora no le quiero decir que solo fue una broma para