*ALEXANDER*
El crujido de los troncos de pino al arder en la chimenea de piedra era el único sonido que competía con el ritmo de nuestra respiración. El calor invadía la cabaña, pero el verdadero fuego, el que llevaba apenas una semana quemándome las entrañas, estaba concentrado justo aquí.
La tenía sentada sobre mi regazo en el sofá de cuero. Su cuerpo pequeño temblaba en mis brazos, y no era por el frío de la montaña. Era la tensión desbordada, la necesidad acumulada y el peso inevitable de