Mundo de ficçãoIniciar sessãoPunto de vista de Valentina
El edificio de De Luca Group seguía siendo igual de intimidante.
Cristal.
Mármol.
Dinero.
Poder.
Y Adrián Rossi estaba ahí dominándolo todo como si hubiera nacido para esa tarea.
El edificio completo parecía moverse alrededor de él, los ejecutivos se enderezaban apenas lo veían aparecer, las asistentes bajaban la voz y los empleados evitaban cometer errores frente a él.
Y yo entendí demasiado rápido algo que jamás imaginé mientras estaba en París: Adrián ya no era solamente parte del imperio De Luca. Adrián prácticamente se había convertido en el imperio.
—Buenos días, signorina De Luca —la voz de la recepcionista me sacó de mis pensamientos.
Sonreí apenas y seguí caminando hacia el ascensor privado, intentando ignorar el nudo incómodo que tenía instalado en el pecho desde que puse un pie dentro del edificio, porque sabía exactamente lo que me esperaba arriba.
Adrián.
Las puertas del ascensor se abrieron directamente hacia el último piso y el sonido de varias voces llenó inmediatamente el enorme espacio ejecutivo.
Una reunión.
Perfecto.
Claro que mi primer día tenía que empezar así. Apenas entré a la sala de juntas sentí todas las miradas sobre mí y después sentí la de él.
Adrián estaba sentado en la cabecera de la mesa usando un traje gris oscuro que parecía hecho exclusivamente para arruinarme la estabilidad mental.
Levantó la mirada apenas crucé la puerta.
Me observo frío, implacable y peligroso.
Pero sus ojos recorrieron mis piernas desnudas antes de regresar lentamente a mi rostro.
Como si no pudiera evitarlo, como si me odiara por obligarlo a mirarme.
—Llegas tarde —dijo con calma y los demás miembros de la junta me miraron fijamente.
Miré el reloj inmediatamente. Solo eran tres minutos.
—Es mi primer día —dije con calma.
—Y ya estás justificando errores —soltó mientras volvía sus ojos al papel.
El silencio dentro de la sala fue inmediato, sentí el golpe directamente en el orgullo.
Maldito bastardo.
Tomé asiento sin responderle y eso pareció irritarlo todavía más.
La reunión continuó durante varios minutos mientras Adrián hablaba sobre la expansión internacional de De Luca Group.
Y Dios.
Odiaba admitirlo, pero era brillante. Siempre tan seguro, dominante e inteligente.
Todos lo escuchaban como si fuera imposible cuestionarlo y entonces apareció la pantalla del proyecto Dubái.
Y supe inmediatamente lo que iba a hacer.
—La campaña sufrió retrasos importantes hace dos años —habló con calma mientras cambiaba varias diapositivas—. Especialmente cuando la dirección creativa abandonó el proyecto sin previo aviso.
Sentí todas las miradas girar hacia mí de nuevo y Adrián ni siquiera me observó.
Eso fue peor.
—Sin embargo —continuó tranquilamente—, logramos corregir el desastre administrativo antes de perder a los inversionistas.
Apreté los dedos debajo de la mesa.
Me estaba castigando y lo estaba disfrutando.
—Supongo que París hizo que olvidaras revisar contratos antes de aprobar presupuestos —agregó finalmente mientras cerraba la carpeta frente a él.
Lo miré con rabia.
—Supongo que convertirte en vicepresidente te hizo olvidar la educación básica —le dije sin titubeos.
Algunos ejecutivos bajaron inmediatamente la mirada.
Y Adrián… Adrián sonrió apenas.
Como si estuviera esperando que explotara.
—La educación no compensa la incompetencia.
Quise lanzarle la maldita carpeta a la cara, pero antes de que pudiera responder, la puerta de la sala se abrió.
Y entonces lo vi.
Thiago Velasco.
El tiempo prácticamente no había pasado por él.
Seguía siendo elegante.
Seguro.
Ridículamente atractivo.
Sus ojos se abrieron apenas me encontró sentada allí.
—¡¿Valentina?!







