4. LO QUE OCULTAMOS

Punto de vista de Adrian

Escuchamos los pasos y el movimiento dentro de la casa durante varios segundos más.

Lentos.

Cercanos.

Demasiado cerca.

Valentina seguía inmóvil contra mi pecho mientras mi mano cubría su boca y el aroma de su perfume me destruía lentamente la poca cordura que todavía conservaba.

Maldita sea.

No debía tocarla así. No debía disfrutarlo. Pero claro que lo hacía.

Llevaba dos años imaginando cómo se sentiría volver a tenerla cerca y ahora que finalmente estaba aquí… mi cuerpo no parecía dispuesto a obedecer ninguna regla.

Esperamos en silencio hasta que el sonido desapareció dentro de la casa y solo entonces aparté lentamente la mano de su boca.

Grave error, porque Valentina giró apenas el rostro y sus labios rozaron accidentalmente mis dedos.

Sentí el golpe directamente en el estómago.

Y por sus ojos estoy seguro de que ella también lo sintió, lo vi en la manera en que dejó de respirar, así que retrocedió inmediatamente, como si acercarse demasiado a mí fuera peligroso.

Y tenía razón.

—Ya puedes irte —murmuré con voz ronca.

No dijo nada, pero Valentina me sostuvo la mirada unos segundos, rabiosa, herida y hermosa.

Después salió primero de la terraza. Yo esperé unos segundos antes de seguirla, porque necesitaba recuperar el control. Y porque si seguía mirándole las piernas con ese vestido iba a terminar cometiendo un error irreversible.

Subimos las escaleras tras sus pasos y en silencio.

La mansión estaba completamente oscura ahora, iluminada apenas por las luces cálidas de los pasillos.

Valentina caminaba delante de mí y yo odiaba el efecto que tenía sobre mi cabeza incluso algo tan simple como verla alejarse.

Entonces llegamos al segundo piso y cometí otro error, sujeté su muñeca.

Valentina se detuvo bruscamente.

—Suéltame.

No lo hice.

Necesitaba entender algo.

Necesitaba saber por qué seguía mirándome igual que antes si supuestamente me odiaba tanto.

—¿Por qué volviste al país? ¿A qué regresaste? ¿Tanta falta te hice?

Ella soltó una risa baja.

Cruel.

Después tiró de su mano con fuerza.

—Porque todavía eres tan arrogante que crees que todo gira alrededor de ti.

Mis dedos se tensaron alrededor de su piel.

—Valentina —la llame en advertencia.

—No —me interrumpió girándose hacia mí—. ¿Sabes qué es lo peor de todo? Que durante años te puse en un pedestal como si fueras algo extraordinario —sus ojos brillaban. No sabía si de rabia o tristeza. Tal vez ambas—. Y al final solo eres un cobarde —sentí el golpe directamente en el pecho y claro que ella todavía no terminaba—. Mi padre te dio todo lo que tienes, Adrian —continuó con violencia contenida—. Su apellido. Su casa. Su confianza. Y aun así sigues comportandote como si los que te deberíamos algo, fuéramos nosotros.

Mi mandíbula se tensó peligrosamente.

—Valentina…

—No eres un De Luca —soltó finalmente—. Nunca lo fuiste.

Nos quedamos en silencio. Ella acababa de clavarme el cuchillo exactamente donde más dolía.

Y lo sabía. Claro que lo sabía, porque Valentina siempre supo cómo destruirme mejor que nadie.

—Solo eres un adoptado que está aquí por la bondad de mi padre.

Sentí algo oscuro subir violentamente por mi garganta.

Sentí rabia, saboreé la humillación y soporté el dolor de sus palabras.

Por un segundo realmente pensé en perder el control.

Porque nadie… absolutamente nadie… me hablaba así.

Pero entonces escuchamos una puerta abrirse y ambos giramos inmediatamente, Alessandro salió de su habitación ajustándose el reloj sobre la muñeca, iba perfectamente vestido, perfectamente peinado, perfectamente perfumado.

Como un hombre que claramente no iba a dormir.

Nuestros ojos chocaron y por un instante nadie habló.

Valentina todavía tenía el pecho agitado y yo seguía demasiado cerca de ella, mientras Alessandro nos observaba con una expresión demasiado inteligente para mi tranquilidad.

¿Sospecha?

¡Mierda! Tenía que controlarme de verdad.

—¿Sucede algo? —preguntó finalmente mi hermano.

Valentina reaccionó primero. Como siempre.

—Nada —respondió demasiado rápido—. Solo discutíamos.

Alessandro alternó la mirada entre ambos, nos estaba analizando y midiendo, soltó el aire y sacudió su cabeza divertido.

Después sonrió apenas.

Pero no parecía tranquilo.

—Vayan a dormir. Mañana será un día largo —se movió para bajar las escaleras, pero se detuvo en el segundo escalón—. Y tienen que madurar de una vez por todas, van a trabajar juntos de nuevo, ya no son los adolescentes que solían vivir en guerra en esta casa.

Valentina no esperó más, se dio media vuelta y prácticamente huyó hacia su habitación.

Yo seguí inmóvil unos segundos.

Y Alessandro me observó demasiado tiempo, como si estuviera intentando descubrir algo o más bien recordando algo.

Finalmente se volvió a mi lado.

—No la presiones demasiado mañana —murmuró—. Sigue siendo mi hija.

Sentí el golpe oculto dentro de esas palabras.

Después se alejó por el pasillo.

Y por primera vez en muchos años… tuve la sensación de que Alessandro De Luca también estaba escondiendo algo.

Punto de vista de Alessandro.

Milán se veía distinta de madrugada.

Más oscura.

Más peligrosa.

Más honesta.

Conduje personalmente hasta el hotel sin escoltas y sin chofer. Justo como lo hacía cada viernes. Justo como siempre hacía cuando iba a verla.

El teléfono vibró varias veces dentro del bolsillo de mi abrigo, pero ignoré todas las llamadas, porque cuando Isabella Moretti me esperaba… el resto del mundo dejaba de importar.

Y no me malinterpreten, nunca existirá una mujer igual que mi esposa en mi vida, mi amada Sofía, pero Isabella es…

Una mezcla explosiva que aún no logró descifrar.

Subí directamente al último piso usando el ascensor privado y mientras más cerca estaba de la habitación… Más fuerte latía mi corazón.

Ridículo para un hombre de mi edad.

A mi edad un hombre ya debería saber controlar ciertas cosas, pero Isabella siempre había sido mi debilidad más vergonzosa.

Abrí la puerta con la tarjeta exclusiva que ella me entregó meses atrás. Y entonces la vi.

De pie junto al enorme ventanal, usando únicamente una bata de seda negra.

Estaba hermosa, devastadoramente hermosa.

Y a medida que me acercaba me di cuenta que algo estaba mal, porque cuando giró lentamente el rostro hacia mí… sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

Tenía el labio roto.

Y un moretón oscuro comenzaba a extenderse sobre su mejilla.

La rabia me atravesó tan rápido que ni siquiera pude procesarla.

—¿Quién te hizo eso?

Isabella no respondió inmediatamente.

Solo me observó con esos ojos verdes llenos de algo que se parecía demasiado al cansancio.

Después sonrió apenas.

Y esa sonrisa me destruyó todavía más.

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