Cuando Isabel se mudó a Ciudad de México, me prohibió seguir yendo al asilo, diciendo que en lugar de atender a esas personas, debería quedarme en casa y atenderla a ella.
En ese entonces, para evitar que Hugo se sintiera atrapado en medio, cedí en todo. Ahora que lo pienso, qué tonta fui.
—¡Por supuesto! Mientras pueda venir, cualquier hora está bien —me dijo María con sonrisa.
—Nos vemos a las dos en el asilo —respondí.
Tras terminar la llamada, leí durante dos horas y luego salí a comprar alg