El campo de batalla estaba cubierto de cuerpos, algunos inmóviles, otros gimiendo en agonía. La sangre manchaba la hierba y el aire olía a hierro y humo. A pesar de la victoria, el peso de la guerra se cernía sobre Isabella como una sombra pesada.
Los soldados restantes comenzaron a recoger a los heridos, a enterrar a sus muertos. El estandarte de Livia yacía en el suelo, pisoteado y rasgado, un símbolo de que su dominio había llegado a su fin.
Alejandro se quedó a su lado, observando el paisaj