Lucie se mira al espejo de su cuarto y se regala una sonrisa sincera, alegre, radiante. El atuendo que ha elegido la hace ver elegante, seria y con la presencia de la asistente de Armand Bloom, el constructor más importante de San Francisco.
—Ahora sí eres asistente de un hombre genial —se gira para ver cómo se le ve el trasero y se ríe—. Sólo tengo tratar de moverme mucho por ahí o me acusarán de provocadora.
Se ríe de sí misma, toma su bolso y sale de allí con toda la actitud de una mujer que