DAMOND
No confío en el silencio. No en el de Elena. No en el de la ciudad.
Y mucho menos en el silencio de mis enemigos.
Desde el momento en que Cristofer me dijo el nombre que encontró —el nombre borrado de todos los registros Linwood, el nombre que nadie debía pronunciar— algo se quebró dentro de mí.
Ese nombre. Esa hija muerta. Esa operación.
Ese pasado que mi padre juró que nunca iba a regresarnos… regresó.
Y ahora lo siento respirando en mi nuca.
Cuando entro a la habitación de Elena para hablar con ella, para decirle que quizás esto no termine bien, que tal vez el villano está un paso adelante… la habitación está quieta.
Demasiado quieta. Desde que Elena se mudó a este lugar, nada, absolutamente nada está quieto, pero por alguna extraña razón solo era eso. Quietud.
—Elena… —Susurro, pero mi voz se corta.
La cama está intacta. La ventana cerrada. Su celular no está.
Y sobre la mesa, doblada con un cuidado que me rompe el pecho, hay una carta. Con mi nombre escrito por ella.
Tembl