Damond
Belikov corre hacia el extremo del muelle, donde el metal oxidado cruje bajo nuestros pasos y el mar golpea como un latido oscuro debajo. El aire huele a sal, pólvora y sangre, y cada respiración me raspa por dentro, pero no me detengo. No después de todo. No después de Berny. No después de verla a ella sangrar por mi culpa.
Él se gira y me ataca sin advertencia. No es un hombre joven, pero el odio lo sostiene. Sus golpes no son elegantes, son cargados de años de rabia acumulada. Me alca