Damond
El teléfono de Berny suena y el sonido corta el aire dentro del auto como un disparo que nadie vio venir. No necesito que ponga el altavoz para saber que algo está mal. Lo veo en su mirada por el retrovisor, en la forma en que sus dedos aprietan el volante hasta que los nudillos se le ponen blancos, en cómo traga saliva antes de contestar, como si su cuerpo ya estuviera preparándose para recibir un golpe.
—Sí… habla. —Su voz, que normalmente tiene esa ligereza burlona, ahora suena tensa.
Silencio.
Mi corazón empieza a latir con esa violencia sorda que precede a las tragedias. No quiero escuchar lo que viene, pero al mismo tiempo lo sé. Lo sé desde que encontré su carta. Desde que leí que estaría dispuesta a dar la vida por mí. Desde que entendí que Elena ama sin medida… y que el mundo en el que yo vivo devora a las personas así.
Berny cuelga despacio.
—Jefe… la entregaron.
No pregunto a quién. No pregunto cómo. Solo siento que algo se rompe dentro de mí con un sonido que nadie