EL pomo de la puerta giró con un suave clic y la puerta se abrió de par en par. Adrian entró con su habitual aire despreocupado e indiferente, ignorando por completo a la mujer embarazada sentada en la cama. Sus manos forcejeaban con los botones de su impecable camisa blanca; el movimiento era lento, deliberado, como si estuviera en un mundo totalmente propio.
Los ojos de Vivian se entrecerraron, y el filo de su ira cortó el agotamiento de la noche.
—Las 5:30, Adrian —dijo ella, con voz firme p