CLARA estaba sentada ante su tocador; el suave resplandor amarillo de la lámpara de noche rebotaba en la madera pulida. Apoyaba la barbilla ligeramente en una palma, mientras con la otra sostenía el teléfono contra su oreja. Su reflejo le devolvía la mirada desde el espejo, con unos ojos que lucían más pesados en estos días, cargando tanto curiosidad como decepción. El teléfono sonó dos veces y luego una voz suave y familiar llenó su oído.
—Hola, Clara —dijo Amelia; su voz era débil, teñida de