ADRIAN yacía en el lujoso sofá de la sala de Vivian, con el brazo cubriéndole los ojos y la mente cargada por una tormenta de pensamientos. La tarde había comenzado con risas y tragos en su oficina; sus amigos habían llenado el aire de ruido, bromas y alcohol. Pero cuando el estruendo cesó y se vació la última copa, la soledad se filtró de nuevo. Tras despachar algunos documentos en su escritorio, en lugar de ir a casa, se encontró conduciendo hacia el apartamento de Vivian.
Había llegado hacía