ADRIAN salió de su oficina y entró en la estancia, con pasos pesados como si sus zapatos estuvieran lastrados. En su mano llevaba una copa de vino tinto a medio terminar. Habían pasado dos días desde el desastre de la ceremonia de premios de Hazel y Amelia —la típica Amelia— seguía furiosa con él. Más que furiosa, se había sumido en el silencio, ignorándolo por completo. Adrian había vivido lo suficiente con ella para saber que el silencio era peor que sus gritos. El silencio significaba que el