LA luz del atardecer se derramaba perezosamente en la cafetería del centro comercial, proyectando cálidos tonos ámbar sobre las paredes de cristal y el suelo pulido. Afuera, el cielo estaba pintado con trazos de púrpura y naranja mientras el sol se rendía ante la noche. Adentro, el bajo murmullo de las charlas se mezclaba con el tintineo de los cubiertos contra la porcelana.
Vivian estaba sentada sola en una mesa de esquina, navegando sin fin en su teléfono, con los dedos moviéndose sin pensar.