LA Sra. Harlow apenas había colgado el teléfono cuando su voz rasgó el aire de la casa, aguda y atronadora.
—¡Esta chica! ¡Claire! No me vas a matar de la misma forma en que mataste a tu padre. Me hiciste viuda, y ahora quieres que acompañe a mi marido a la tumba. ¡Eso no sucederá!
Sus tacones resonaron en la escalera mientras subía con rabia, su voz rebotando contra las paredes. Al llegar a la habitación de Claire, giró el pomo e irrumpió sin pensarlo.
Claire, sentada frente a su tocador con l