"TODOS los hombres engañan".
Esa frase resonó en la cabeza de Amelia y se quedó allí un rato, como un eco que se negaba a desvanecerse. Miró a Clara, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda mientras las palabras de su amiga calaban más hondo. Clara no bromeaba, no exageraba; sonaba como una mujer que ya se había resignado a una amarga verdad.
—Quiero decir —continuó Clara, recostándose en la silla y cruzando las piernas—, tienes suerte de que Adrian te respete lo suficiente como para ocul