LA noche estaba tranquila en la habitación de Amelia; el único sonido era el suave zumbido del ventilador de techo que giraba perezosamente arriba. Ella estaba frente al espejo, ajustándose el gorro de seda sobre el cabello, alisándolo con cuidado. Hazel ya estaba dormida, acurrucada en la cama, con una respiración suave y constante. Había insistido en que quería pasar la noche con ella.
Justo cuando Amelia se giraba para meterse bajo las sábanas, su teléfono sonó desde la cómoda. La pantalla s