Muy pequeño.
Resistí la tentación de llamar a mi padre y contarle todo lo que había pasado; además, sabía perfectamente el extenso sermón que me daría por todo lo que sucedió y no me apetecía escucharlo.
Opté por pasar el resto de la tarde encerrado en el departamento, comer helado y mirar películas de acción. Era un hábito que “agarré” cuando obtuve mi primer corazón roto, hace tantos años atrás, por haber puesto los ojos en alguien a quien no le importé lo suficiente como para mantenerme a su lado. Bien,